miércoles, 10 de diciembre de 2008

Admiro a ese tío, el del Alatriste

Sí, lo reconozco. Admiro a ese tío, al del Alatriste, o sea a don Arturo Pérez Reverte.


Lo siento por los que sean "enemigos", detractores o simplemente no lo soporten. Pero ésta es mi opinión, después de haber leído unos cuantos de sus libros y algunos de sus artículos.

Claro que no estoy de acuerdo con él en todo, pero por lo menos si que lo estoy en muchas cosas.


Y una de esas cosas es el orgullo de ser español. Y es que soy español, mal que me pese, porque nací aquí, en este país y en esta época. De modo que en lugar de lamentar lo malo que tenemos, prefiero regocijarme de lo que hacemos bien. Porque hay muchas cosas que hacemos bien.

Como muestra, en uno de los artículos que don Arturo escribe en El Semanal, habla de la historia de un malagueño, don Bernardo de Gálvez, de la localidad de Macharaviaya, de familia militar, que en 1781 tomó la ciudad de Pensacola, en lo que hoy es el estado norteamericano de Florida.
Por aquella hazaña, el rey Carlos III le concedió lucir en su escudo las palabras "yo solo". Y es que el muchacho lo hizo solo, porque el oficial que mandaba la flotilla no quiso entrar por la barra de arena ya que para él era demasiado peligroso. Así que mas o menos don Bernardo dijo algo así como "pues voy yo solo" y allá fué.
Pero como este país es así, a don Bernardo de Gálvez se le atribuye también el haber desviado los fondos que iban a ser para terminar la catedral de Málaga y utilizarlos para su campaña en Florida. Gracias a ello, la catedral de Málaga tiene una de las dos torres sin terminar, y gracias a eso se la conoce como "la manquita".
Digo yo que aparte de que el dinero se utilizara para una cosa u otra, desde 1781 ya ha llovido lo suficiente como para terminar la catedral. Así que no toda la culpa será de uno solo.

Volviendo a don Arturo, para quien le interese y quiera conocerle en profundidad, creo que debe leer "El Pintor de Batallas". Es una novela como mínimo curiosa, se hace un poco larga al principio, pero luego tiene un "nosequé", una melancolía, una tristeza que al final se comprende que se desprende de la propia tragedia de la vida y de la muerte.
Para quien no se quiera molestar en leerla, cuenta la historia de un fotógrafo de prensa que ha estado durante años como corresponsal en las guerras de todo el mundo, y que harto de ver guerras decide pintar una batalla en la que expresa todo el horror de la guerra. Para ello, utiliza la pared de un faro, porque en el interior le permite pintar un cuadro de 360 grados.
Antes de que termine su obra final, aparece un viejo conocido. Una "victima" de sus fotografías, que por haber salido su foto en la portada de la revista para la que trabajaba el fotógrafo, tuvo como consecuencia que perdiera su familia (mujer e hijo) y estuviera varios años en campos de concentración de la guerra de Bosnia. El bosnio le dice sin miramientos que viene a matarle para vengarse por lo que le hizo con aquella foto.

Bueno, pues para quien no lo sepa, don Arturo fue durante muchos años corresponsal de guerra, estuvo en el Líbano, en Bosnia y en otras. Así que él es el pintor de batallas. Y desde luego esas experiencias marcan, y marcan mucho. Hacen que dé asco pertenecer al género humano. Debe ser porque se nos olvida nuestra parte animal. Pero no quiero desviarme. Don Arturo es como es precisamente por eso. Porque conoce lo peor del ser humano. Y lo que se ha callado y no ha contado seguro que es peor que lo que cuenta.

Leyendo "Cabo Trafalgar" me sorprendió uno de los personajes, el "marrajo", un maleante de poca monta reclutado a la fuerza en los bajos fondos de Cádiz. El marrajo decide vengarse del teniente que mandaba el piquete, y tenía guardada su "faca" de siete muelles para clavársela en cuanto hubiera ocasión. Sin embargo, la cosa no acaba de esa forma. El teniente, herido de muerte, se mantiene en su sitio a pesar de las heridas y de estar en las últimas, el barco hecho trizas, pero demostrando que los tenía bien puestos. Hasta el punto que el marrajo, en vez de acuchillarle, acaba ayudándole y luchando junto a él. Por pura admiración hacia un hombre valiente.
Supongo que don Arturo también vería algo de esto en "sus" guerras. Y es que el ser humano es de lo más contradictorio, capaz de las mayores atrocidades y de las mejores proezas. Y no solo los españoles.

Por cómo cuenta todo eso, admiro a don Arturo. Y le pongo el "don" a conciencia, porque creo que es de los pocos que se lo merece.
Además, he intentado escribir más de una vez, y me he quedado en la tercera página. Siempre porque al releer lo escrito, sencillamente me avergonzaba y me parecía ridículo. Espero conseguirlo algún día y hacerle la competencia. Pero por eso mismo sé que escribir no es fácil. Es todo un trabajo, y un trabajo duro.

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